miércoles, 28 de mayo de 2014

con vuestro permiso, me tomo una licencia

Pensaba en los leones. En la brutalidad y luego en la tranquilidad de la siesta. En el niño que cruza la calle y en el que, a través de la ventana, creí distinguir el ceño fruncido. Por qué. ¿Acaso iba obligado a comprar el pan? Tu ventana solía ser cuna de escenas intrigantes, al menos para mí, siempre impresionable ante la cotidianidad de los sábados por la mañana.
Y también pensaba en la culpa. En mi culpa ante querer que sólo quisieras mi roce. Que una piel pudiera ser papel de pared en una habitación que te fuera suficiente durante tres días con sus noches, sin comer ni beber y, hasta quería que te lo fuera,
sin nosotros.
Y pensaba en mis dedos, mis labios, que no siempre eran mis palabras, mis por qués y en todo lo que formaba un cariño que, desde este foco interno que ahora bambolea mi cabeza y presiona mis ojos, deseaba alumbrar costumbres. Las costumbres. No soy más que otro animal afiliado a la repetición, a la misma que crea pirámides y calendarios, a esa con la que esperé una percepción de los días, no imprescindible pero, al menos, amada.
Los leones. La siesta. La señora insatisfecha manipulando a un borracho resignado, un momento, ¿quién era el insatisfecho? El alba. La polilla enorme en la lámpara. Los sentidos; Es curioso cómo los sentidos se vengan de nosotros. La vista me hace asustarme de arañas que no andan por la mesa, sino que se mueven conmigo. Y durante el baile, caigo en el mes pasado o en la cama, y lo que ya estaba perdido vuelve a mirarme, y a reír y a cocinar y al café. Y a ser. Y a perderse, en una burla que humedece la almohada, los leones y la siesta.
Dime
entonces
qué me queda
de esta complicidad perdida.

Si preguntan, pensaba en los leones. Y no miento.

domingo, 18 de mayo de 2014

me picó un tópico


entre el parque en primavera
entre mil ojos cansados
entre tus mordaces anhelos,
me atraganto

entre el ruido en la nevera
entre el verso y el ensayo
entre los mismos colores,
del mismo cuadro

entra la luz a mis ojeras
entre las sombras de mis pasos
cae un pájaro sin alas,
entre mis manos

entre el sabor de una cerveza
entre los niños en el barrio,
entre el futuro y la vida:
el salto

y yo,
me convertí al llanto
entre tanto